
...el Universo acaba llevando a cada uno allí donde quiere estar.
Te pasas la vida siguiendo Las Pautas. Haces las cosas según Las Normas. Sigues tu evolución acorde con Lo Estipulado. Según todo esto, se supone que llegas a Buen Fin. Pero, ¿qué pasa si, después de todo lo seguido, de todo lo vivido y de todos los pasos marcados como correctos te das cuenta de que te han timado? La sensación no es agradable, doy fe.
Intentas hacer las cosas lo mejor posible en todos los campos, ya no sólo porque así esté estipulado, sino porque ésa es tu forma de ser (quizá porque lo lleves implícitamente inscrito en tus genes, quizá por aprendizaje y/o asimilación). Sabes que vivir no es fácil, hasta aceptas estoicamente que no hay alegrías sin penas, ni recompensa sin esfuerzo (éste dogma es cada vez más discutible…). Por eso no desistes de tu Buen Camino, confiando en que algún día te tocará a ti recibir esa recompensa, como quien juega cada semana durante toda su vida a los mismos números en la Primitiva.
Ya no es sólo cuestión de un “¡Coño, me lo merezco!” (al que llegas después de haber pasado previamente por un “Bueno…igual hago algo mal” o un contraproducente y autodestructivo “Bueno…quizás es culpa mía”). Ya es por cuestión de probabilidad (“algún día me tocará…”). Pero acabas dándote cuenta de que las matemáticas, al contrario de lo que se cree, no son una ciencia tan exacta (…y si eres de Letras, el escepticismo aumenta exponencialmente, por muy paradójico que parezca).
Y te invade un intermitente “¿Y yo qué? / ¿Y yo cuándo?” que golpea tu cerebro cuando menos te lo esperas, bloqueándote la capacidad de reaccionar racionalmente ante cualquier vicisitud vital.
Y sientes que la vida es como el juego de las sillas. De repente, suena la música y todo el mundo gira al ritmo de ésta, entorno de unas pocas sillas colocadas en círculo. Tú haces lo propio. Andas y giras, andas y giras, siguiendo siempre el mismo circuito. Caminas en fila con la multitud, pasando por los mismos puntos una y otra vez. No avanzas, pero tampoco dejas de caminar.
Y, de repente, cuando ya te has acostumbrado, cuando crees que la inercia te llevará a un buen final (a pesar de que no haya meta establecida), te das cuenta de que estás girando sólo, que todo el mundo está sentado, cada uno en una silla. Cuando acabas de asimilarlo del todo, dejas de andar en círculos, te paras y piensas “pero… ¿cuándo paró la música?” “Y ¿por qué todo el mundo se ha dado cuenta menos yo?”
Superado el momento de confusión e impotencia, piensas en posibles soluciones:
a) Te haces con una de las sillas arrebatándosela a alguno de los sentados de forma violenta. Pero no, no va con tu naturaleza.
b) Sigues andando en círculos esperando que algún acomodado se canse de su posición y, así, aprovechar un despiste para ocupar su sitio. Pero tampoco: si crees que ellos se van a cansar antes que tú, estás muy equivocado.
c) Sigues andando en círculos esperando que vuelva a sonar la música, confiando en que esta vez estarás más atento al stop. Sí, supones que esa es la mejor opción, pero también tiene un pero: ¿cuándo volverá a sonar la música?
En tiempos de escepticismo generalizado cuesta cada vez más creer en utopías y parece demasiado utópico pensar que la música pronto volverá a sonar, cuando ya apenas oyes a nadie silbar.
Quizá lo más inteligente será decantarse por la solución “Otros”: comenzar a cantar tú o buscar otro juego, que éste ya hace tiempo que perdió la gracia.
Mientras leía Cosas que los nietos deberían saber, la genial autobiografía de Mr.E, vocalista y compositor de los Eels (ya os hablaré de él, esto pertenece a otro salto), éste comentaba algo sobre un asesino en serie de San Francisco conocido en su momento como “El secuestrador de almas”. Un individuo que, por lo visto, no sólo se cargaba a sus víctimas físicamente, sino que, además, aseguraba arrebatarles sus almas. Al mismo tiempo que leía las reflexiones de E acerca de ello, en las que aseguraba que nadie puede arrebatarte tu alma si tú no te dejas, yo empezaba a tener mis dudas. No es que no esté de acuerdo, pero digamos que tengo algunas discrepancias al respecto.
Sí, está claro que si tú no te dejas o no la vendes, tu alma seguirá siendo tuya (…o al menos en lo que a titularidad se refiere…). Pero, ¿qué pasa si, en un momento de descuido de conciencia, te la roban? Lo típico: vas a hacer uso de ella (no sé… a consultarle algo, a preguntarle qué tal lo lleva –o, más bien, “qué tal lo llevo”-) y te das cuenta de que la has perdido. O, como mínimo, ya no tienes dominio sobre ella (como los padres sobre los hijos que se independizan por primera vez). Mientras tú andabas por ahí, fuera de la caverna, a tus cosas tangibles, demasiado ocupado para prestarle atención, ésta se escapó, fijó a su vez la atención en otro asunto y se dispersó. Puede que quede rastro de ella, pero... anda, búscala y tráela de nuevo a casa. Después del shock inicial de su ausencia, te das cuenta de que se ha ido de vacaciones de ti por falta de atención.
También puede darse el caso de que, en lugar de robártela o desaparecer, de repente te das cuenta de que la regalaste, involuntariamente, como aquel disco que le prestaste a un amigo hace años y que, llegado el día en que te mueres de ganas de escucharlo o de simplemente tenerlo en tus manos (en plan fetiche), caes en la cuenta de que ya no te pertenece. ¿Qué haces? ¿Lo reclamas? No lo intentéis, no funcionará (ni con el alma ni con el disco).
A posteriori todo es más valorado y valorable, no falla. El alma es algo que no te pueden quitar si tú no te dejas. La cuestión es que nos dejamos más a menudo de lo que somos conscientes.
Vale. Entonces, una vez perdida, extraviada o prestada…¿qué haces? Porque no puedes comprarte otra por Ebay ni nada por el estilo. Además, el mero hecho de no tenerla acentúa aún más su valor (ver párrafo anterior). Y, con él, la necesidad de que sea ésa, la tuya y no otra, la que quieres. “¡Quiero MI alma!” (bueno, parece que algo positivo sí sacamos de la pérdida: valorarla quizá por primera vez. Lástima que valor y alma no se sincronicen demasiado bien...).
La verdad es que no tengo ni idea de cómo se recupera un alma perdida (se aceptan sugerencias), pero supongo que no a la fuerza. Si se dispersó y prefirió “irse con otro” que le hacía más caso (o no) quizá ayude volcarse en algo que conecte con ella y que, a la vez te reconecte con ella. Quién sabe, quizá por reminiscencia, cual oveja descarriada, vuelva al redil de nuestra conciencia, que es donde mejor puede encajar, al fin y al cabo. Digo yo, vamos…
Así que, como método de prevención, consejo deductivo: cuida tu alma. Rompe la norma pérdida-valor antes de que sea demasiado tarde.
La realidad supera a la ficción. Casi siempre. Quizás porque ésta se basa en aquella para existir… Quizás…